La primera agencia de worldbuilding transmedia en español

Convertimos tu idea en un universo coherente, profundo y listo para crecer.

Ayudamos a estudios, editoriales y creadores narrativos a construir el mundo que sostiene su historia — sin contratar un equipo narrativo interno.

Qué es el worldbuilding

Tu proyecto es un iceberg.

La punta es la historia que descubre tu audiencia: la trama, los personajes y los diálogos.

Pero la parte sumergida —la que mantiene a flote todo lo demás— es el worldbuilding: el mundo donde sucede la trama, el trasfondo de los personajes, los sistemas y las culturas que hacen que nada se contradiga.

Cuando ese mundo es frágil, cada decisión nueva puede romper algo que ya existía. Cuando es sólido, tu historia deja de apoyarse en la intuición para apoyarse en una infraestructura.

El producto inicial

El Mapa

El Mapa es tu punto de partida. Auditamos la coherencia de tu worldbuilding, y te entregamos un informe claro con lo que conviene arreglar.

Así sabrás exactamente qué hacer, con nosotros o con quien quieras. Sin dramas.

Qué recibes
  • Análisis de inconsistencias de lore
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  • Oportunidades de profundidad
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Qué construimos

Mundos

Origen, territorio, culturas y sistemas de poder con reglas que no se contradicen entre sí.

Personajes

Trasfondo, conflicto y carácter: figuras con la profundidad de un protagonista de saga.

Narrativa transmedia

La guía para que un mismo mundo se ramifique a juego, libro, cómic o pantalla sin romper su coherencia.

Con quién colaboramos

Para quien construye mundos que tienen que durar.

Sobre nosotros

La primera agencia de worldbuilding transmedia en español.

Especialización total

No somos una agencia creativa que también hace worldbuilding. Es lo único que hacemos.

Enfoque estratégico

Somos creativos, pero también sabemos que tu mundo es una infraestructura de negocio.

Estructura flexible

Nuestra red de talento freelance nos da la agilidad para adaptarnos a cada proyecto y sus necesidades.

Sobre mí
Daniel Baudot
Daniel Baudot
Narrative Director

Soy Dani, un enamorado de las letras. Tras años escribiendo historias, decidí pasarme al background, para ayudar a otros a construir el worldbuilding que sustenta las suyas.

Lo hago desde la formación —Máster en Escritura Creativa, Máster en Creatividad Publicitaria y Grado en Filosofía— y desde la experiencia como copywriter en agencias como Ogilvy, DDB y VCCP. Una perspectiva a la vez creativa y estratégica.

Por eso fundé The Background Agency. Si tienes un proyecto narrativo en mente, crearemos un worldbuilding memorable para él.

Proyectos
Proyecto propio · libro juvenil

La Mundoteca Perdida

Un proyecto de desarrollo propio: worldbuilding desde cero para una serie de aventuras juveniles. Los personajes —la Brujeniera, Vain, Taria y Ferrín— y el trasfondo de Ciudad Hormiga y las Ruinas del Lago Tiritón.

Tenka Street
Encargo · cómic transmedia

Tenka Street

Ton y Kay nos encargaron el motor narrativo del universo de Bujel, Kenyim y Patka: Bujen's Print Shop, un taller de impresión cuyas personalizaciones absurdas tienen efectos impredecibles. Un marco escalable, listo para expandirse a otros formatos.

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Proyecto propio · libro juvenil

La Mundoteca Perdida

I

En algún lugar de Alfábula, Taria buscaba con su pequeña mano entre las hojas húmedas y el suelo cubierto de musgo, sintiendo cómo el aire frío de las Ruinas del Lago Tiritón le hacía cosquillas en la piel. Las piedras antiguas y las sombras de los árboles parecían rodearla con un silencio lleno de secretos. Las leyendas de Ciudad Hormiga contaban que allí se libró una gran batalla, pero ya no quedaba nada de aquello. Solo un lago seco y unos edificios de piedra derruidos, junto a huesos de algunos monstruos casi deshechos en recuerdos.

De pronto, los dedos de Taria tropezaron con algo distinto, algo sólido y áspero. Al apartar con cuidado las hojas, encontró un libro azul con un ribete dorado, o eso parecía a simple vista. Era como si aquel objeto extraño y brillante hubiera estado esperando solo a ella.

Los adultos siempre hablaban de esos antiguos artefactos que, según decían, podían llevar a sus lectores a otros mundos, a lugares que nadie podría imaginar jamás. Ni siquiera los Vistillos, la tecnología que en aquel momento todos usaban, eran capaces de mostrarlos. Por eso, los niños y jóvenes se conformaban con ver a través del cristal de sus Vistillos, observando lo que otros transmitían desde los lugares más lejanos del mundo.

—¿Qué es esto? —preguntó Taria, con los ojos muy abiertos, mientras levantaba el libro. El peso era mayor de lo que esperaba, y casi la hizo caer hacia atrás, pero no soltó su tesoro. Sintió una emoción intensa, un cosquilleo que le recorrió el cuerpo, como si dentro de ella se encendiera una chispa que hubiera apagado hace años.

Con las manos temblorosas, abrió el libro y encontró una serie de símbolos extraños. No lograba comprenderlos, pero esos misteriosos trazos parecían invitarle a descifrarlos. Más adelante, en las páginas encontró dibujos llenos de vida: una mujer con un precioso turbante y una armadura brillante, enfrentándose a todo tipo de criaturas monstruosas con su báculo mágico. Aquella figura, tan fuerte y valiente, le transmitía una conexión inexplicable, como si esa historia le hablara directamente.

Taria pasó las páginas e imaginó la historia de aquella heroína. Seguro que había crecido en un sitio similar a Ciudad Hormiga, como ella, pero que, en algún momento de su vida, dejó trás todos sus miedos y decidió ir a recorrer el mundo en busca de aventuras. Igual que ella. Cuando quiso darse cuenta, parecía que llevaba horas con las manos enredadas en su pelo rojizo, y los dibujos en su cabeza como pájaros.

A lo lejos, su amiga Bareen apareció en la entrada del bosque y gritó: —¡Taria! ¿Dónde estabas? Hace rato que no vienes. Ya nos hemos cansado de los Vistillos.

El Vistillo, en su mano, era una lámina de cristal.¿Quién podría creer que, al tocarse, se encendería y mostraría cualquier Vistillo conectado a él? Solo deslizando hacia abajo se podía ver cualquier cosa que alguien con un Vistillo estuviera retransmitiendo en ese momento en todo el mundo. Y Bareen y sus amigos se habían cansado de ellos.

Entonces Taria se dio cuenta. Hacía una eternidad que había ido a buscar el zapato de Bareen entre la maleza. Y lo había encontrado, pero lo dejó descansar de los pies huecos de Bareen, aunque solo fuera un rato.

Bareen se acercaba y Taria escondió el libro en un arbusto a sus pies. Cogió el zapato y corrió hacia su amiga dándose, sin querer, golpecitos en el vestido verde agua que llevaba.

— Procura, Bareen, que Ursca no lo lance otra vez hacia el bosque. Es un lugar peligroso — le advirtió Taria.

— No eres mi madre, Tari. Lo que te pasa es que quieres que Ursca tire tu zapato al bosque también — le regañó. Pero Ursca no era como Vain, al que conocía de siempre.

Quizá no fueran tan amigas. Taria le dio el zapato y se excusó por tener que volver a casa, porque se sentía muy indispuesta (eso era verdad) por su delicado estómago (eso no era tan verdad). Pensó en que allí estaría y su madre. Y su padre, como siempre, no estaría. Esperó a que Bareen volviera con el creído tirazapatos de Ursca, abrazó el libro y corrió hacia Ciudad Hormiga, dejando atrás las Ruinas del Lago Tiritón.

II

Desde que llegó a Ciudad Hormiga hacía ya casi 30 años, la Brujeniera no había estado tan ocupada. Y mira que había tenido trabajo, porque nadie más inventó los aparatos mecánicos que había inventado ella. Y, además, para todo tipo de tareas: para construir, para desplazarse, para sembrar el campo, para cazar en la montaña o incluso para oír mejor. La vida había dado un giro espectacular desde que se instaló allí, y todo por su sed insaciable de conocer cómo funcionaban las cosas y buscarles una solución para que funcionaran aún mejor.

La Brujeniera se movía en su taller como un pequeño elefante en una madriguera llena de comida para el invierno. Todo lo tiraba, todo lo rebuscaba, todo hacía ruido de metal.

— ¿Ande estará? — gruñía.

A su lado, su servicial ayudante automático Ferrín, un pequeño androide de brazos largos, y una pieza en la cabeza con forma de sombrero de copa, le daba una extraña llave metálica.

— So no es, Ferrín. Mira que… — la Brujeniera se limpió las manos de grasa en su mono de trabajo, más cerca del negro que del gris, y se puso las gafas telemétricas, las de buscar: unas enormes, con varias lentes para cada ojo, con las que podía ver algo lejano muy cerca — ¡Acá está!

Metió la mano en una pila de herramientas y sacó una extraña garrafa pequeña con forma piramidal. Era de cristal y en su interior se podía ver un líquido viscoso y marroncino. El hallazgo la tranquilizó, porque por un momento se imaginó al pobre Ferrín sin ese líquido y no le hizo ninguna gracia.

— ¡Ferrín! ¡Ven paquí! — gritó la Brujeniera. Ferrín brotó de entre las piezas que habitaban el suelo con la llave en la mano. Hizo un gesto de “A ver Brujeniera, antes de echarme el aceite que permite que me mueva, necesita usted esta llave para abrir el nuevo depósito, ¿recuerda que me lo instaló?” o algo así.

La Brujeniera buscó el orificio en el que echar el combustible, pero rápido recordó el nuevo depósito. Últimamente se le olvidaban muchas cosas, como dónde había puesto el combustible. Cogió la llave que le ofrecía Ferrín, abrió el depósito y echó el combustible.

Ferrín tenía cara de “Gracias Brujeniera por no dejar que me seque quedándome quieto. Mmm es combustible de segunda, pero servirá, so tacaña” o algo así. La Brujeniera no recordaba dónde había comprado el combustible.

— Eres más espabilao… — y le acarició su cara como si fuera un humano — ¡Ánimo Ferrín, ya acabamos casi la jorná!

Los primeros habitantes de Ciudad Hormiga llamaron así a la Brujeniera porque sus cachivaches, cacharros, trastos y Vistillos parecían mágicos. Y de la magia solo saben las brujas. Aquello le gustaba, porque solo había una Brujeniera.

— Ara toca ir al mercau a por el engranaje del siete de la señora Murse, ¡ale! — cogió a Ferrín de su pescuezo de hierro y en menos que canta un despertador, cerró el taller y salió disparada por la puerta con las gafas telemétricas y los patines de viento puestos.

III

Vain visitaba el Mercado Técnico de Ciudad Hormiga, donde los aprendices de la Brujeniera arreglaban todo tipo de artilugios, chirimbolos y aparatos a cambio de unos tuerquiles que les dieran para comprar comida y lavar sus cosas. Él bien sabía lo que era lavar sus propias cosas, porque en su casa no había nadie más. Sus enormes guantes, su camiseta de tirantes blanca y su gorra bien necesitaban uno de esos lavados.

Mientras intentaba salir del puesto principal deslizándose entre los adultos, vio a lo lejos una chica muy conocida. No mucho, pero lo suficiente para saber quién era, aunque no lo bastante para adivinar por qué corría de aquella manera tan extravagante.

El vestido verde le quedaba grande y el largo pelo rojo le ondeaba como un chorro de arena caliente.

— ¿Por qué no se da golpecitos en el vestido? — dijo Vain, casi en silencio.

Hacía todo tipo de ruidos al pisar el empedrado y esquivaba los androides y las chatarras como una equilibrista. Como una equilibrista novata. Chocaba con todo lo que se pusiera delante de aquellos pies planos y sus botas llenas de barro seco.

Al llegar delante de Vain y verle la cara de querer escapar de allí, Taria desabrazó el libro y lo levantó como un juguete. Todas las máquinas, los adultos y demás seres decepcionados por el trato recibido por parte de las botas de Taria, posaron sus ojos en ella solo para encontrarse el libro azul de ribete dorado.

En aquel momento, se detuvo el tiempo. Después, los adultos siguieron con sus importantísimas cosas de adultos para hacer funcionar la sociedad.

— ¿A que no sabes qué es este maravilloso objeto, Vaincito? — la mirada de Taria brillaba.

— Nop, ni idea — respondió Vain, sujetándose la bolsa llena de piezas para las máquinas de su casa — Tampoco…

— Silencio, Vaincito — Taria le tapó la cara con la mano — Tienes que saber que lo que deslumbra a tus ojos es una reliquia perdida de hace muuucho tiempo atrás. Algunos dicen que no existieron jamás. Vain se arrepintía de haber preguntado. Taria continuó:

— Dicen que alguna vez hubo un lugar con cientos, millones, quintullones, catetrallones de estos. Que te transportaban a otros mundos en su interior. ¿Una libroteca? ¿Sería posible? — Taria abrió el libro y se lo enseñó a Vain.

— Y… — dijo el chico, acariciando la preciosa página con su mano polvorienta — ¿cuántos tuerquiles nos darían por él?

IV

La Brujeniera había parado cerca del Mercado Técnico porque Ferrín, aunque no lo pareciera, estaba mareado por la carrera en patines de viento.

— Sí que techo bueno, Ferrín. Te mareas como los personajes — dijo, riéndose.

Ferrín tenía cara de “no le contesto porque solo con mirarle las gafas echaré hasta la primera gota de aceite requemado. ¿Quién construye un androide que pueda marearse?”

De repente, una joven con el pelo de fuego y el vestido de primavera pasó corriendo a su lado, como un potrillo aprendiendo a galopar. Ni siquiera se detuvo a disculparse cuando la Brujeniera estaba levantando su enorme cuerpo del suelo. Bajo el mono, tenía la piel con la forma del empedrado.

— Será atolondrá la niñata — suspiró y se sacudió el mono de trabajo. Por suerte, estaba igual de sucio que siempre — Eso no sace. Amos, Ferrín.

Ferrín no quería ir. Entonces, la Brujeniera activó sus patines de viento y, con un agarrón, se llevó a Ferrín detrás de la muchacha. De un solo vientazo, casi se la zampan. Por suerte para todos y sobre todo para Ferrín, la Brujeniera supo pararse sin chocar. Pero sí hubo algo que la chocó. Desactivó los patines y se quitó las gafas telemétricas. No podía ser cierto. Seguro que la caída le había provocado una especie de alucinación. Era imposible. La joven alzaba entre sus manos un libro gran azul con un ribete dorado.

— ¡Mare mía! Ese cacho no sabía ni que esistía. Imposible — La Brujeniera abría los ojos como un tigre que afina la vista — ¿Es de verdá?

No podía dejar de mirarlo. Ferrín tosió como tosen los androides y lo miró con cara de “no sé que es eso, no tengo ni remota idea. Pero si usted lo quiere, es nuestro”. Agarró a la Brujeniera del mono y tiró de él como del mantel de una mesa. La Brujeniera bajó la cabeza, como asintiendo. Vio la cara de Ferrín y, con una sonrisa, asintió.

— Tenemos que llevarlo. Sos niños no sabrán cacer con él — Ferrín también asintió — Tengo que sabé como funciona, cómo traslada a otros mundos. Si lo supiera, podría llevar los cacharros, mis cacharros, a toas partes, Ferrín.

Se dieron la mano y se escondieron entre los adultos que seguían con sus importantísimas cosas de adultos para hacer funcionar la sociedad y los demás seres decepcionados por el trato recibido por parte de las botas de la joven. Allí, se zafaron y agudizaron el oído.

— El engranaje del siete de la señora Murse, otro día — dijo la Brujeniera. Y Ferrín pensó que “tal vez podría acercarme yo después, siempre que me dejara unos tuerquiles de más, cosa que no va a pasar”.

V

— Vain, deja de ser tan soso, por favor — Vain no sabía cómo ser para Taria — Mira esto — Y le enseñó los dibujos de la heroína del turbante, la armadura brillante y el báculo mágico — No conozco a nadie que sepa leer. Nunca lo había pensado. Sabes, desde que la Brujeniera nos trajo las máquinas, los cachivaches, los trastos y los utensilios, no lo necesitamos, pero… ¿no querrías saber cómo se llama ella?

— Bueno, creo que sí — dijo el chico, rascándose el moflete — Pero no se puede, ¿no?

— No. Ya nadie hace eso — bajó la mirada, avergonzada — Para mí, ella se llama Gaviota y es una heroína. Maneja una magia poderosa, ¿sabes? — y pasaba las páginas — con ella puede derrotar al Ghan Serón — dijo, señalando un escamoso monstruo al que “Gaviota” se enfrentaba con valor. En una mano portaba el báculo mágico, en la otra una esfera de humo rojo.

— Parece una brujeniera. Y su magia, ¿funciona con combustible? — Vain solo conocía las piezas, los recambios, las tuercas, apretar y aflojar.

— Bueno, con la imaginación, supongo. Como no podemos saber lo que hizo Gaviota, tenemos que imaginarlo.

— Dices que alguna vez hubo un lugar con cientos, millones, quintullones, catetrallones de estas reliquias— citó Vain — No me lo imagino. Sería una de relicoteca, ¿no?

— No seas idiota, Vaincito. Yo tampoco me lo imagino — susurró Taria. Ambos se miraron en silencio. Sus ojos se cruzaron y el corazón les latió fuerte, como si algo les encendiera el pecho.

— No hace falta — Taria sonrió a Vain — Podemos ir donde he encontrado este y buscar para comprobar si hay más, ¿no?

Vain asintió. Juntos pusieron rumbo hacia las afueras de Ciudad Hormiga, a las Ruinas del Lago Tiritón. Pero no fueron los únicos. La Brujeniera y Ferrín les siguieron con cuidado y disimulo. Cada vez que se giraban, eran capaces de mezclarse con el paisaje para que no les distinguieran. A veces, eso creían. Otras, lo conseguían.

Al llegar, Taria imaginó el zapato de Vain, pero pronto salió volando de su cabeza. En el pequeño claro que albergaba las ruinas, había una pared de piedra y maleza, donde encontró el libro azul del ribete dorado. Vain metió la mano.

— No hay nada, Tari — dijo, como si un millón de piedras cayeran sobre su voz. Pero sí había algo. Una Brujeniera con su ayudante mecánico esperando la oportunidad perfecta para arrebatarles el legendario libro a los pobres chicos. Entonces, un sonido atravesó toda las Ruinas del Lago Tiritón. Eran patines de viento.

VI

La Brujeniera saltó de la maleza. Al estar los chicos solos, pensó que sería muy fácil quitarles el libro y salir de las Ruinas del Lago Tiritón con gracia y soltura. Ferrín se quedó escondido en sus piernas, agarrado a ellas como un mono a su árbol favorito.

— Hola… niños — dijo con dificultad. Ambos la miraron. Taria se preguntaba si aquella señora alguna vez se quitaría esas gafas horribles. Pero Vain pensó que tenía suerte de poder decirle algo personalmente.

— ¡Es la Brujeniera, Tari! — soltó Vain — la reconozco de los aprendizajes del taller. Buah, ¿y eso? — señaló a Ferrín — ¿Eso es…? — y se abalanzó sobre él para examinarlo con emoción.

— Mira que eres raro, Vaincito — dijo Taria — nunca te había visto así de… contento.

— ¿Quiés verlo? — La Brujeniera empujó con cariño a Ferrín, que tenía cara de “Por favor, no”. Vain empezó a mirarlo de cerca, tocando las articulaciones, midiendo los brazos y las piernas y dando pequeños toques con los nudillos en la pequeña carcasa cilíndrica de su pecho.

— ¿Podemos ofrecerte alguna ayuda, Brujeniera? — preguntó Taria, de corazón.

— En verdá sí. Tienéis algo. Algo no sabía ni que sistía. ¿De ahónde lo sacas? — la Brujeniera señaló el libro con el dedo temblando.

— Un regalo de la familia. Ha pasado de generación en generación y ahora es mío.

— En el mercáu no decías eso — respondió inteligente la Brujeniera.

— ¡Pero bueno! ¿Nos has seguido? — Taria temblaba. Aquella no era una mujer cualquiera. Era la Brujeniera. Con su maravilloso ingenio, había creado todo tipo de chatarrillas para hacer la vida más fácil a la gente, hasta el punto en que no necesitaban aprender nada, Ni leer. Ni escribir, ni sumar, restar… solo debían disfrutar y… bueno, saber arreglar los cachivaches que ella producía en masa en sus talleres, como Vain.

— Dame el libro, niñata — la voz de la Brujeniera se volvió oscura y fuerte.

— No puedo.

— ¿No pués?

Los Vistillos podían ayudar a los jóvenes a entretenerse, distraerse o abstraerse, pero Taria nunca había tenido uno. Porque ella misma se entretenía, se distraía y se abstraía en mundos inimaginables para otros. Siempre vivió aventuras y siempre salió ilesa de todas sus batallas. Por su pura inventiva. Algo que, como la imaginación, le sobraba en ciertas ocasiones.

— No puedo. Tengo que saberlo — dijo Taria.

— ¿Saber? — la Brujeniera se había perdido — Dámelo ya, coña.

— Tengo que saber cómo termina la historia de Gaviota. No puedo dártelo.

— ¡Ómo no! — la Brujeniera activó sus patines de viento y se impulsó en línea recta hacia Taria, que se agachó. Pasó rozando su melena ardiente. Después, dio la vuelta y volvió a la carga, con los ojos de un león. Los patines volvieron a expulsar una pequeña corriente de viento. Mientras Taria se daba la vuelta para encarar a la Brujeniera, esta la pilló desprevenida.

— Ara es mío — dijo la Brujeniera. Alzó su mano y Taria pudo volver a esquivarla por unos milímetros, deslizándose a un lado. Pero una de sus piernas no consiguió esquivar al embestida de la Brujeniera. De repente, el dolor trepó desde su pierna a su cabeza. La piel le quemaba y no podía levantarse.

Vain dejaba a un lado el cuerpo de Ferrín, mientras metía en la mano en su bolsa para tirarle algunas piezas de hierro a la Brujeniera. Esta frenó y giró sobre sí misma para repeler las pequeñas pieza con el aire de los patines. Al no acertar, Vain se lanzó hacia la Brujeniera, pero ella lo despachó de una patada que le hizo caer en un arbusto cercano, sin poder levantarse.

Ferrín, al otro lado de donde se encontraba Vain, tampoco podía levantarse. Sus ojos parecían tristes y apagados.

Al ver el cuerpo tirado de Ferrín, la Brujeniera gritó con la voz llena de furia, volviendo lanzarse a por el libro. Esta vez no dudó y surcó el aire como un águila. Girando en el aire y colocándose en horizontal, arrancó el libro azul de las manos de Taria con una de sus enormes zarpas. Pero en el último momento, Taria consiguió volver a sujetarlo con todas sus fuerzas. La Brujeniera, llena de rabia, se encontró con la penetrante mirada de Taria.

— ¡Brujeniera! ¡no! — gritó la chica — Tengo que conocer el final de la historia de Gaviota.

— ¿¡Qué Gaviota!? — preguntó la Brujeniera enseñando los dientes.

— ¿¡La gran Brujeniera no sabe quién es Gaviota!? — y notó cómo la enorme zarpa de la Brujeniera, muy poco a poco se convertía en una mano que iba dejando escapar su fuerza arrolladora. Según hablaba la pequeña Taria, la fuerza de las manos de la Brujeniera escapa alrededor del libro azul. Y sus pensamientos se llenaban de la más absoluta curiosidad.

VII

Gaviota era la protectora del Lago, un espejo de aguas puras rodeado por frondosos bosques. Allí, la vida era armoniosa; criaturas y plantas compartían un equilibrio que ella había jurado mantener. Gaviota guardaba un poder capaz de sanar la tierra y purificar el agua. Su misión era proteger el lago de cualquier amenaza, y nadie era más leal a su causa que ella. Pero su paz se vio quebrantada cuando una sombra descendió sobre el Lago: el Ghan Serón, una bestia gigantesca que envenenaba la vida a su alrededor con cada paso.

El Ghan Serón se instaló en el Lago, corrompiendo todo a su alrededor. Las criaturas huyeron, los árboles se secaron y las aguas puras se convirtieron en charcos oscuros y espesos. Los habitantes cercanos enfermaron, y la naturaleza que antes florecía cayó bajo el peso de la oscuridad. Gaviota sabía que su poder era limitado; en solitario no podría enfrentar a un ser tan colosal y antiguo como el Ghan Serón. Entonces, decidió partir en busca de aliados y secretos olvidados que pudieran devolverle el poder necesario para salvar su hogar.

Su viaje la llevó por tierras desconocidas, donde se encontró con espíritus de bosques, guardianes de aguas y ancianos sabios que le compartieron sus conocimientos y le otorgaron herramientas únicas. Vivió con el Archimaestro Hai en su monasterio, que le entregó un báculo mágico que llenaba de energía sus hechizos; la Costurera de las Reinas, Ylara Cienflores le confeccionó un turbante como recuerdo de su amistad y el herrero Agamor de la Ciudad Roja le forjó una armadura brillante tras salvar a su hijo de caer a un pozo.

Armada con estas reliquias, decidió enfrentar al Ghan Serón en el Lago. En una batalla que resonó en todo el bosque, envuelta en humo rojo, invocó su magia para desterrar a la bestia y devolver la pureza al lago. Pero este triunfo tuvo un alto precio: en su viaje para encontrar el poder necesario, Gaviota había dejado que la tierra se sacrificara detrás suyo: todo era inhabitable, desolado, sin alma y bajo una gran derrota.

Pero entonces, en medio de la desolación, apareció una luz de esperanza en el horizonte…

VIII

Cuando Taria terminaba de relatar la historia de Gaviota, con la Brujeniera soñando con aquella mujer, un sonido se disipó en el aire, un extraño pitido acompañado por un choque metálico. Ferrín estaba despertando.

El pequeño ayudante de hierro se desperezó como un bebé y miró a su alrededor como si no reconociera ni una brizna de hierba en el paisaje. Entonces, miró a Taria y a la Brujeniera. E hizo lo más insólito que podía hacer.

— Por fin — dijo con voz robótica Ferrín — Hay que ver lo tacaña que es, Brujeniera, no gastarse doce tuerquiles en un engranaje del siete.

La Brujeniera no podía creer lo que oía. Quizá después de todo ese tiempo, no hubiera sido la señora Murse quien le hubiera pedido un engranaje del siete. Porque a la Brujeniera últimamente…

— Se le olvidan las cosas, ¿verdad? — Ferrín daba la sensación de ser un familiar. De saber cómo hablarla, cómo marearse y cómo pensar — Pero ese engranaje no es lo único que ha olvidado, ¿no? Hoy lo ha descubierto.

Vain se levantó y anduvo hacia Taria, dolorido.

— Tenía el circuito vocal hecho trocitos. Solo lo he puesto a punto, como enseña ella — susurró a Taria, señalando a la Brujeniera — lo he “apañado” para que no necesite ese engranaje.

La Brujeniera se quedó como un jarrón de porcelana. No sabía quién era aquel Ferrín, pero sí reconocía la forma de hablarle. Algo le zumbaba en la cabeza y no sabía qué. Quizá aquel engranaje… lo hubiera pedido Ferrín. Puede que lo que hubiera olvidado fuera aún más importante. Pero no había olvidado cómo crear las máquinas, los cachivaches, los utensilios ni las chatarras, aunque no sabía desde cuando las creaba…. Ella no recordaba…. ¿desde siempre? ¿desde que olvidó otra cosa? Parecía cosa de magia el poder contar con todas aquellas reliquias mecánicas. Magia… tal vez no fuera cosa de magia. Tal vez ella fuera la cosa y la magia la envolviera. Después, la habría olvidado y habría tenido que aprender justo lo contrario: a construir con su propia fuerza.

— Lo ha olvidado, ¿no? Entonces enhorabuena, usted tuvo éxito — Ferrín se llevó las manos a la cintura en posición de victoria — hasta ahora, claro.

Tal vez la Brujeniera no comprendiera qué estaba pasando. Tal vez la Brujeniera comprendiera todo lo que estaba pasando. Puede que antes que el mono de trabajo hubiera llevado una lustrosa armadura brillante. Y, en vez de haber empuñado una llave mecánica, hubiera llevado un báculo mágico. Puede que su pelo canoso hubiera estado recogido por un fino turbante de la más exquisita seda. Y, también, puede que ante ella no se alzara la ambición por conocer y crear todo tipo de artilugios, sino la de luchar contra un Ghan Serón que contaminaba el agua del Lago Tiritón.

IX

Un torrente de imágenes se vertió en la mente de la Brujeniera. Arrastró las manos a la cabeza y presionó sus viejos ojos, como si eso pudiera detener el flujo de recuerdos que la invadía. Abrumada, una oleada de emociones recorría su cuerpo y la sacudía desde lo más profundo.

Algo en esos recuerdos le resultaba familiar y, al mismo tiempo, dolorosamente lejano, como si estuviera reencontrándose con partes de sí misma que habían estado perdidas durante siglos. A medida que las imágenes se ordenaban, un sentido de revelación la envolvió; por fin, sabía quién era.

El alivio recorrió su cuerpo, como si hubiera encontrado algo muy importante que llevaba tiempo buscando. Desveló una expresión diferente en su rostro, tan diferente como quien era ahora. Miró a Ferrín con amor y abrió sus flácidos brazos.

— Curiosa es la magia, pequeño Ferrín. Un día estás extrayendo en tus libros cada memoria de tu cabeza y al poco tiempo se te olvida casi hasta hablar — y Ferrín se acercó lentamente a ella, con sus articulaciones chirriando, como gritando de alegría.

— Lo intenté todo. Pero usted no me hacía caso. Me rompí y no podía hablar. Durante muchos años los aprendices me ignoraban. Soy un modelo muy viejo, usted sabe. Pero nunca olvidé mi misión, la de hacerla recordar a usted sus palabras con las mías.

Cuando Ferrín se detuvo frente a Gaviota, se abrazaron y de las pequeñas luces que hacían de ojos de Ferrín comenzó a brotar combustible marroncino. Unos segundos después de dejar su fuerza en el abrazo, Gaviota se agachó y tocó las lágrimas viscosas de Ferrín.

— Fíjate. Ni siquiera he arreglado esta fuga — y sonrió dulcemente — pero no olvido que me has llamado tacaña, eh. De todas formas, gracias, has sido un amigo hasta el final. ¿Dónde están los demás?

Taria y Vain no se estaban creyendo a quien tenían delante. Para Vain, la Brujeniera era una especie de maravilla cuya mente solo aparece una vez cada generación. La mujer capaz de construir todo lo que le paseara por la cabezota. Pero para Taria, era Gaviota. La heroína que salvó el Lago Tiritón del Ghan Serón, la que nació en un lugar escondido como Ciudad Hormiga, como ella, pero que en algún momento de su vida, dejó trás todos sus miedos y decidió ir a recorrer el mundo en busca de aventuras. Como quería hacer ella.

Gaviota resplandecía con una nueva expresión de tranquilidad en su cara. Era igual de vieja, pero más sabia.

— ¿Señora Gaviota? — alcanzó a decir Taria — ¿es usted de verdad? Tengo muchas cosas que… — su cara se volvió un amanecer.

— Sí. Bueno, aún no sé si ese es exactamente mi nombre. Pero ahora hay cosas más acuciantes. Tenemos que buscar al resto — Ferrín ya había empezado a moverse.

Gaviota vio la pared de piedra y maleza donde Taria había sacado el libro. Fue allí y encontró el agujero donde la pequeña había metido la mano. Lo agarró y tiró de él, de manera que la pared entera se deslizó a un lado, como una cortina. Y reveló una estantería enorme llena de libros sobre los que había crecido. Libros verdes, rojos, amarillos, finos, gruesos, altos, bajos… pero ninguno azul y con ribete dorado.

X

— Aquí está todo lo que he vivido — dijo Gaviota, con sus brillantes ojos en la estantería — bajó y se postró ante aquel monumento de la naturaleza.

Taria estaba maravillada, mientras que Vain buscaba el mecanismo que había permitido a la pared deslizarse como un velo.

— ¿En esta pared, Señora Gaviota? — preguntó Taria. Gaviota sonrió.

— No. En este mundo. Pequeño Ferrín, acércate — Ferrín obedeció, ya sabía lo que quería Gaviota y desenroscó su sombrero de copa metálico, dejando al descubierto un reloj con varias esferas.

— Madre mía, cómo pasa el tiempo — la mirada de Gaviota se perdía en los incontables años dejados atrás.

— Señora Gaviota, ¿qué ocurre?

— Ocurre, pequeña, que llevo demasiado tiempo sin poder recordar. He perdido la cuenta de los miles de años que he vivido. Aquel hechizo de inmortalidad fue un error. Creía que encontraría la solución al veneno del Ghan Serón y la tierra volvería a ser tan pura y fértil como antes. Pero no fue así — guardó silencio unos segundos — Busqué, busqué y busqué. Hasta que no pude más y decidí que solo quería empezar de nuevo, ¿sabes? He sido una heroína tanto tiempo…

Gaviota no pudo hacer otra cosa que mirar a Taria con el mar en sus ojos.

— Extraje mis recuerdos… los atesoré en mis libros y los olvidé para siempre. Ahora, la naturaleza está llena de ellos. Fueron tantos los que me saqué de la cabeza… que todo creció por encima de ellos, a su alrededor, rodeándolos y tragándoselos aunque formaran parte de lo más profundo de su corazón: las rocas, los árboles, la tierra e incluso el mar. Pero aquí han permanecido todo este tiempo, esperándome. Yo he permanecido aquí todo este tiempo, de algún modo. Esperándome a mí misma.

Taria cogió la mano de Gaviota y la apretó contra su pecho. Esta solo podía mirarla pensando cuando ella, hace muchos muchísimos años, sentía el mismo cariño por sus compañeros. Concretamente a un maestro, una amiga y un camarada. Y tomó una resolución allí mismo.

— Ahora debo saber quién soy. Y me parece justo que tú — dijo, señalando a Taria — que has encontrado la primera parte de mí, estés presente cuando encuentre la última. ¿Qué te parece? — e hizo aparecer una esfera de humo rojizo en su mano, que flotó en el aire y, muy lentamente, la dirigió hacia la pierna de Taria — Cuando estés recuperada, claro.

Por fin Taria iba a ser una heroína en busca de aventuras, como Gaviota. Aquel pensamiento la llenaba de un fervor indescriptible que hacía latir con fuerza su corazón. Se veía a sí misma recorriendo tierras lejanas, enfrentándose a desafíos desconocidos con el mismo valor que admiraba en Gaviota. Cada paso que imaginaba le hacía más fuerte, más valiente.

Sentía un agradable calor en la pierna y, cuando el humo se disipó, solo le quedaba una pequeña cicatriz.

— Pero solo si puede venir Vaincito. Seguro que encontramos tantas maquinitas que se volverá loco de alegría — Vain lo oyó y se quedó a su lado, mirándole la cicatriz y preguntándose si habría algún recambio para la pierna. Cerca apareció Ferrín.

Ferrín se rascó la barbilla y se dirigió a la heroína — Creo que tengo el escáner roto como el circuito vocal. Detecto que este mundo está lleno de libros, por todas partes. ¿Cree que es eso posible?

— Lo es, pequeño Ferrín — dijo Gaviota, mirando al pequeño androide.

— Un mundo lleno de libros ocultos — dijo Taria mirando al cielo e imaginando sus emocionantes aventuras. Y volvió a recordar: “Dicen que alguna vez hubo un lugar con cientos, millones, quintullones, catetrallones de estos objetos. Que te transportaban a otros mundos en su interior”. ¿Una libroteca? ¿Una relicoteca? — podría ser. Pero sin pensar, encontró la respuesta de un fogonazo.

— Mundoteca — concluyó Taria — Es una Mundoteca Perdida.

FIN